El dilema de los arrepentidos de Silicon Valley

El dilema de los arrepentidos de Silicon Valley

Netflix estrenó un segundo documental que cuestiona el uso que hacemos de las Redes sociales. Esta vez hablan los arrepentidos de Silicon Valley, programadores que diseñaron las mismas interfaces que ahora cuestionan. Esta nota no es un resumen ni una reseña, sino una recopilación de ideas para romper el pesimismo distópico sin dejar de practicar la desconfianza. Más que un dilema, nos preguntamos: ¿Cómo piensan hacer “entrar en razón” a las empresas más importantes del mundo? ¿Nace una industria de la desconexión, el mindfulness y libros de autoayuda para adictos a las redes? ¿Todo lo van a resolver los técnicos (hombres, blancos, californianos) o habrá algo que será tarea de la política?

Sobre el documental 

Para quien aún no lo vio, lo primero que voy a decir es que es necesario hacerlo, en principio para conocer, luego para reflexionar y, por qué no, para opinar y debatir. En particular la población más jóven, que tiende a estar más involucrada con las novedades tecnológicas. Todos quienes tenemos el privilegio de conectarnos a internet y hacer uso de las redes sociales, deberíamos invertir 70 minutos de nuestras vidas para entender un poco más cómo funcionan, para bien y para mal, estas plataformas. Si no tenés Netflix, te dejo este enlace (te separan del documental unas 6 pestañas con publicidad, no me hago cargo de lo que el algoritmo te ofrecerá), no se si es lo correcto pero creo que es importante.

Lo que el documental aporta

Comencemos con los aspectos positivos, que considero, posee “The Social Dilemma” o “El dilema de las redes sociales”:

  1. Es una síntesis atractiva, y en la voz de sus protagonistas, de mucha bibliografía que desde hace más de una década circula respecto a los peligros que implican las redes sociales en la sociedad. El documental incluye testimonios de Jaron Lanier (“Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato”), Shoshana Zuboff (“La era del capitalismo de vigilancia”); Jonhatan Haidt (“The Righteous Mind: Why Good People Are Divided by Politics and Religion”) y Cathy O’Neil (“Weapons of Math Destruction”). En 70 minutos hay un resumen de miles de páginas que estos y otros/as tantísimos autores han escrito sobre la cuestión. Una ganga.

  2. Está contada para un público amplio, sin tecnicismos y equilibrada entre testimonios, dramatizaciones y gráficos. El guión está muy bien, las dramatizaciones son excelentes para “bajar a tierra” conceptos tan abstractos como “algoritmos”, “pujas por publicidad en internet”, “fake news”, “Test A/B”, entre otros. Por momentos asistimos a la intimidad de la vida de una familia y las relaciones que sus integrantes tienen con las plataformas y dispositivos, creo que todos/as nos sentimos un poco identificados con la encrucijada a la cual se enfrenta uno de los personajes: ¿Podríamos vivir una semana sin el celular? 

  3. Se habla de adicción y quien certifica es Anna Lembke, Directora del área de adicciones de la Stanford University. Celebro que podamos problematizar/reflexionar sobre las adicciones desde una clave social, y en particular empezar a pensar en el abuso/uso excesivo/consumo problemático de las redes como un problema colectivo y no como una responsabilidad individual. Si pasas seis horas por día en Instagram y te cuesta mucho dejarlo, tal vez (y de hecho el documental lo demuestra) haya algo más que tu voluntad de estar atrapado/allí (no es que sos un colgado, tal vez estés transitando una adicción). Si no podés dejar el teléfono celular ni para dormir, no es que haya algo mal en vos, sino que, como bien expresa Tristan Harris (el capitán del club de los arrepentidos de Silicon Valley), la pelea es totalmente desigual: de un lado vos y tu cerebro y del otro el laboratorio de tecnología persuasiva de la Universidad de Stanford, el Departamento de Defensa norteamericano, supercomputadoras y tecnologías de avanzadas, ingenieros, programadores, psicólogos sociales, publicistas y profesionales hipermotivados (en todos los sentidos), más todo el capital de riesgo que durante años apostó pornográficas sumas de dinero a desarrollar estas empresas y estas redes sociales.

  4. Finalmente, y aunque más adelante vamos a hacer algunos reparos, el valor testimonial del club de los arrepentidos de Silicon Valley, le aporta gravedad y autenticidad al “dilema de las redes sociales”. No es lo mismo que adviertan sobre este problema intelectuales y académicos, que los propios ex trabajadores de Twitter, Google, Uber, Instagram, Youtube, Facebook. Además, quienes hablan en el documental fueron los mismísimos inventores de las interfaces/ códigos/ técnicas de manipulación tales como el scroll infinito, el botón de notificaciones o el “me gusta” de Facebook.

  5. Finalmente, creo que es un acierto del documental y sus protagonistas quitarle la máscara “marketinera” a Silicon Valley y sus empresarios que cada vez que pueden promulgan frases y slogan del tipo: hacer del mundo un lugar mejor, conectar a la población, o mejorar la vida en el planeta. Sería interesante aquí revisar los aportes de Eric Sadin respecto a la filosofía siliconiana y el origen de estas pretensiones.
En el documental se dramatiza el funcionamiento de los algoritmos (representados por personas que toman decisiones) y queda clara la relación de desigualdad del cerebro humano vs la maquinaria automatizada.

Lo que el documental no profundiza o directamente resta

  1. Considero que “El dilema de las redes sociales” sigue planteando el debate entre buenos y malos. Una lógica muy “Hollywood” en la cual la solución pasaría por resignar el lucro económico para priorizar valores morales como el entendimiento, la empatía, la ética. Justamente de los mismos empresarios que, aún sabiendo el poder y la capacidad de daño de sus técnicas, las implementaron y las siguen desarrollando. Lo decimos hace rato, si no hay regulación del Estado nada, absolutamente nada, va a cambiar.

  2. Por otra parte, y es lógico para un documental de 70 minutos, la mirada micro sobre algunas redes sociales deja por fuera un ecosistema mucho más complejo, que incluye no solo otras plataformas (Google, Uber, AirBnB o la mismísima Netflix) sino la propia diversificación empresarial de los dueños de estas redes sociales y plataformas. Hablar de Facebook es hablar de sus proyectos para la educación, salud, movilidad, entre otras ramas de la vida en sociedad y más de 80 empresas. Es decir, estas corporaciones están pensando en modos de vida posibles y lo que pasa en las redes sociales es un aporte a su industrialización de la vida cotidiana y su proyecto de sociedad integrada, imperceptiblemente, a tecnologías y algoritmos. Disiento en el mensaje que promueve el documental: “teníamos buenas intenciones y se nos fue de las manos”, lo cambiaría por un Zizek out of context: “ellos saben muy bien lo que hacen, pero aún así, lo hacen”.

  3. Algo que considero no trabaja en profundidad el documental es el tema de la responsabilidad o, dicho de otro modo, ¿Quién se hace cargo del dilema?. El mensaje parece volver a recaer en el individuo, y no debería asombrarnos, dado quienes hablan y su filosofía meritocrática. Sin embargo, la realidad demuestra que no es suficiente la respuesta “uno a uno” para calmar la voracidad de lucro de la atención de los usuarios (a costa de siniestras técnicas de persuasión de nuestros cerebros). Está muy bien crear conciencia, pero mucho más efectivo es que el Estado regule en defensa del bien común: ejemplo de Facebook y la UE, ejemplo de Google y su monopolio, ejemplo de Glovo y el reconocimiento de los derechos laborales.  

  4. Aunque sea extraño decirlo, una mirada tan pesimista y distópica podría causar el efecto contrario de lo que pretendemos logre el documental. Si bien es cierto (en tanto hay evidencias) de lo que se narra, es válido pensar en que las redes sociales son productos elegidos conscientemente por millones, todos los días, para llevar adelante prácticas de comunicación y con beneficios indiscutibles. También que las personas nos apropiamos de los dispositivos para resistir y hacer usos “desviados” de los mismos. Un poco de esto comprobamos en pandemia, cuando nos es imposible, por ejemplo, visitar familiares y amigos y utilizamos estas plataformas. Esto abre nuevas preguntas: ¿Estamos preparados para reemplazar las plataformas que usamos habitualmente? ¿Cómo podríamos dejar de usar los productos de estas empresas sin perder posibilidades de comunicación e interacción? ¿No deberíamos, entonces, pensar en crear nuevas plataformas pero con una perspectiva orientada al bienestar común, sin lógicas extractivas y lucrativas? ¿Alguien levanta la mano para empezar? ¿Estaríamos dispuestos a realizar una “mudanza digital”?
La dramatización de la cotidianidad de una familia intentando poner reglas sobre la administración del dispositivo que genera adicción.

Algunas ideas más…

En esta nota me limite a resaltar la importancia que este tipo de producciones tiene para divulgar conocimientos que muchas veces quedan atrapados en círculos académicos. Algo similar ocurrió con “Nada es privado” (The Great Hack) que en un tono similar, mostraba el vínculo de Facebook con la manipulación de elecciones.

Parece evidente, pero no lo es, insistir en que es necesario seguir ganando en conciencia y en reflexividad sobre estas nuevas maneras de ser y estar conectados. Ahí la escuela y la educación tienen una tarea enorme, siempre y cuando no entreguen sus decisiones a los proyectos de las corporaciones tecnológicas como Google, Microsoft y Facebook (hay evidencia de sobra, quedará para otra nota).

Sin embargo, el rol de los Estados y los organismos supranacionales es clave para frenar el avance de un puñado de técnicos californianos sobre la vida de miles de millones (aunque podríamos hablar de lo que ocurre en Oriente, quedará también para otra nota). 

En este sentido, más que abonar a una nueva industria, esta vez de la desconexión digital y las técnicas de concentración, debemos reclamar a la política y sus dirigentes que tengan la misma rapidez y decisión que con otros negocios potencialmente dañinos para la población. Más aún que son ellos mismos los que testifican en su contra: “a confesión de parte, relevo de pruebas”. 

Sin embargo, parece que los datos procesados y la posibilidad de segmentación y alcance que ofrecen las tecnológicas, son un recurso demasiado precioso para las campañas electorales, la influencia masiva y el ataque a los adversarios en épocas de crisis de legitimidad de la dirigencia política. Mientras que los gobernantes sean socios del polo tecnológico de Silicon Valley, seguiremos siendo los cobayos de múltiples experimentos que solo enriquecen a unos pocos y modifican la vida de millones. Mientras tanto, la democracia como sistema de organización de la sociedad está verdaderamente en riesgo.

Una postal de la dominación, el documental plantea la manipulación directa y es efectivo con su propósito: advertir que algo anda mal.

Bonus track

Donald y Mark: juego de impostores

En 2016 la relación entre Donald Trump y Mark Zuckemberg no era buena. El CEO de Facebook había criticado la retórica antiinmigración de Trump durante la campaña y los planes de quitar beneficios para inmigrantes indocumentados traídos a Estados Unidos de niñes. Estaba claro que con Zuckerberg a la cabeza, el polo de Silicon Valley no apoyaba a los republicanos en las elecciones de ese año.

Sin embargo, con los resultados electorales hubo un giro inesperado en esta distópica realidad que vivimos: el mundo entero se sorprendió por la victoria de Trump, rápidamente los medios de comunicación y lentamente la academia comenzaron a hablar del rol de las redes sociales, en particular Facebook, como el gran aliado del triunfo republicano. Como diríamos por acá a Mark: “se le escapó la tortuga”.

¿Qué pasó luego? El escándalo por las fake news que circularon en la campaña con la injerencia del gobierno ruso fue tan grande que nadie se hizo cargo: Trump desmintió cualquier tipo de ayuda y como un impostor en el Among Us que se desprende de sus crímenes, culpó a Zuckerberg de conspirar en su contra

Mark en septiembre de 2017 envió documentación sensible sobre publicidad política en su plataforma al congreso y otros organismos de control (la olla recién se iba a destapar en marzo de 2018). También afirmó que su red social era el paraíso de la pluralidad informativa, primero, aunque luego se desdijo y trató de decirle a Trump que con Facebook mal no le fue

En marzo de 2018, The New York Times, The Guardian y The Observer denunciaron que la empresa Cambridge Analytics había utilizado información personal de los usuarios de Facebook para influir en las elecciones. El eterno joven Mark esta vez dejó de hablar del futuro y tuvo que explicar su pasado sentado frente al Congreso de los EEUU, entre otras cuestiones reconoció que en su red social hubo operaciones de desestabilización electoral. Algo que también sucedió en la Argentina, pero que ya nos olvidamos

En el medio de las embestidas de Trump, que habilitó el cuestionamiento directo a los abusos de Silicon Valley, en mayo de 2018, la Unión Europea aplicó el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) que limitó el poder de los gigantes tecnológicos, incluido Facebook, de extraer y explotar la información de sus usuarios. Hace unos días, Zuckerberg anunció que es posible que retire sus aplicaciones en los países de la UE porque ya no le es posible procesar la información en EE.UU. 

Entre el 2018 y el 2020, la presencia de China como un actor central en el desarrollo de infraestructura tecnológica, obligó a Zuckerberg y Trump a plantar una bandera blanca, la amenaza del enemigo común europeo y asiático, puso en pausa las tensiones y hasta hubo un sorpresivo cambio en la estrategia del CEO de Facebook pidiendo regulación gubernamental, una sútil manera de desligarse de sus responsabilidades.

Todo parecía en calma, hasta este año, cuando luego del lamentable asesinato de George Floyd, Trump publicó una serie de mensajes incitando al odio que Twitter censuró y obligó a Zuckerberg a tomar una decisión: ¿Borraría Facebook las publicaciones del presidente? Mark decidió no atacar a Trump y esto tuvo repercusiones: debió enfrentarse a sus propios empleados, a otras empresas del valle californiano y a diferentes organizaciones que luchan contra el racismo. En un movimiento y en el territorio del adversario, el día menos esperado y con dos mensajes de menos de 300 caracteres, Trump volvió a descolocar a Mark y ponerlo en contra de todos.Es imposible saber qué puede pasar de acá a los próximos meses, lo que sí es cierto es que la desconfianza entre Trump y Mark persiste y que el actual presidente está dispuesto a cuestionar a fondo a Silicon Valley, que nuevamente parece alinearse al eje demócrata en el frente interno y arriesgarse a que cambien los vientos en el gobierno.

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución – No Comercial – Sin Obra Derivada 4.0 Internacional

Alonso, E. (03 de octubre de 2020). El dilema de los arrepentidos de Silicon Valley. Los ojos de Saturno. Recuperado de https://losojosdesaturno.wordpress.com/

4 comentarios en “El dilema de los arrepentidos de Silicon Valley

  1. La parte del docu q muestra a los 3 tipitos manejando tu vida esta muy bien hecha, una locura pareciera q este proceso de digitalización q estamos viviendo funciona realmente así. A ver creo que cualquiera de las empresas q manejen nuestros datos hoy, es difícil poder reemplazarlas, por lo menos a corto plazo. Lo q si parece faltar son regulaciones gubernamentales. Es como si hubiera un desfasaje importante entre los tiempos de la evolución digital y la discusión (y sanción) de leyes que q regulen su actividad.

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      1. Me parece muy interesante el análisis del documental, especialmente para pensar aquello que nos aporta y lo queda fuera del relato. La referencia al diseño de programas educativos que llevan adelante corporaciones tecnológicas, que no son alcanzadas por las normativas que regulan las ofertas a educativas de las Universidades u otras instituciones educativas, creo que es un alerta para quienes estamos en el ámbito educativo

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